Cáncer: una batalla de la que debemos conversar*

Este año, el 28 de agosto, se cumplieron 21 años de la muerte de mi papá por cáncer. En algunas ocasiones me visita el recuerdo del último doctor al que vimos en el Calderón Guardia: nos dijo que podíamos infiltarlo de nuevo para que bajara la inflamación alrededor de su cerebro, pero por el avanzado estado de la enfermedad y la debilidad general de su cuerpo, sufriría mucho más y los resultados serían muy momentáneos.
En casa, murió a los pocos días. Era la madrugada de un domingo, la noche anterior salí pues había pasado varias noches con él y en esa ocasión opté por despejarme un poco.
Mi hermano se quedó encargado de acompañarlo, al regresar a casa pasé a verlo y dormía, pero respirando fuerte. Me dormí y cuando me despertaron mi papá ya había muerto.
Siempre que pienso en los cuidados que le brindamos lo hago en paz, porque sé que los errores que pudimos cometer eran sobre todo por desconocimiento o por la angustia de ver una vida apagarse, la de un hombre que a pesar de lo imperfecto que fue, era amado, y aún estaba joven. Lo enterramos justo cuando cumplía 68 años.
Casi 20 años después, cuando me diagnosticaron un cáncer muy similar al suyo, pasé por los mismos pasillos y quizá hasta visité el mismo consultorio en el que el doctor se sinceró con nosotros en el Calderón Guardia. Durante mi tratamiento, ahí internado, reviví muchas cosas de su enfermedad, volví a a escuchar muchas conversaciones que tuvimos y me reí otra vez de sus ocurrencias, porque era un tipo bromista.
Mi quimioterapia estaba funcionando, los doctores así me lo decían y yo mismo lo sentía.
Por mi edad y mis relativamente buenos antecedentes de salud, recibía un tratamiento fuerte, cuyas consecuencias físicas aprendí a reconocer con el paso de las sesiones de quimio, para sobrellevarlas y en cuanto pudiera dar cara al viento otra vez. Al menos hasta la siguiente sesión, y así este ciclo comenzaba nuevamente.
En todo ese tiempo, pensé seguido seguido en mi papá. Sabía que 20 años atrás este tratamiento no hubiese sido posible con él, quizá no existía y el estadio de su cáncer era IV, el mío ll. Su edad era mayor que la mía cuando todo esto ocurrió, la de él cuando se le diagnosticó el cáncer ya rozaba los 67 años, yo cumplí 45 internado en el hospital.
De alguna forma, estar consciente de todo esto me hizo sentir que afrontaba dos luchas, la mía y la que él no tuvo mucho tiempo de dar. O a lo mejor, él me acompañó en la mía y me ayudó a ganarla.
El cáncer es una batalla en la que todo cuenta para ganar. La ciencia, la habilidad médica, el apego a las instrucciones y la etapa en que se produzca el diagnóstico, pero también la actitud positiva y la perseverancia.
"Cada parte (mente y medicina) pone el 50 por ciento", me advirtió un doctor el primer día de mi internamiento en el hospital.
Por eso creo que hablar del cáncer no es sinónimo de hablar de la muerte, sino de la vida, de nuestras historias y esperanzas, y de nuestros temores y dolores.
Es una conversación en la que la ciencia es necesaria para acallar mitos, creencias, falsas medicinas y falsos médicos, así como religiones que ven a la ciencia como enemiga, maligna o quizás muy terrenal.
Es una batalla de la que siempre debemos hablar.
*Una versión editada de este artículo fue publicada originalmente en la sección Opinión de La Nación, con el título Cáncer no es sinónimo de muerte: también es ciencia, esperanza y vida.



Comentarios